Un buque frigorífico lleno de plátanos

Parte 1: Toneladas de plátanos idénticos surcan los océanos

Parte 2: Sábado por la mañana. Instagram. Una foto. Una cocina. Muchos plátanos.

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Hoy me encuentro en la penumbra de mi cocina en la capital alemana, contemplando el plátano que me estoy comiendo. De golpe me doy cuenta que éste plátano que tengo entre manos es un clon idéntico al que me comí para merendar un día del verano de 1998, bajo el sol deslumbrante de una tarde cualquiera en Barcelona. Y es que, en realidad, este plátano es la copia genética de todos los que me he comido en mi vida. 

Aunque a uno le sorprenda, el banano es una hierba. Se trata de una planta perenne que se reemplaza a sí misma. Crece de un rizoma y tarda solamente de nueve a doce meses entre el sembrado del bulbo hasta la cosecha del plátano. Además da fruto todo el año, por lo que resulta un producto con mucho éxito dentro de un sistema agrónomo capitalista, ya que “sale muy rentable”. Originario del Sur y Sudeste asiático, fue transportado hacia el oeste después del año 327 A.C., cuando las tropas de Alejandro el Grande invadieron el valle del Indo. Hacia el 200 D.C., el banano se había extendido hacia China. La fruta empezó a ser conocida en África a principios del siglo XIV. Cien años más tarde, los portugueses la llevarían a Canarias. Los colonos españoles viajaron con bananos hasta América en 1516, aunque no fue hasta mediados del siglo XIX que estos empezaron a ser producidos masivamente de manera local y, al poco tiempo, exportados desde las Américas. La gran mayoría del suelo donde ahora se plantan bananos había sido usado anteriormente en la campaña colonial esclavizadora de la caña de azúcar. Al descubrirse en 1747 la posibilidad de producir en Europa azúcar de la remolacha azucarera, el imperio colonial del azúcar lentamente dejó de ser lucrativo, lo que abrió al reemplazo de la caña de azúcar por el plátano. Hoy en día los mayores productores del mundo se encuentran en Centro y Suramérica, junto con Filipinas. 

Los plátanos que crecen de forma salvaje, a diferencia de los que se comercializan, contienen semillas, lo cual hace su consumo más “inconveniente”. Los que no tienen, y que hoy consumimos, son el resultado de accidentes naturales, los cuales el humano ha seleccionado y reproducido por preferencia propia. Esto es posible gracias a una cualidad determinante: el banano es capaz de reproducirse de forma rizomática y, por tanto, asexual. Es decir, el banano se clona a sí mismo. La gran mayoría de los plátanos que se comercializan globalmente hoy en día son de la variedad musa cavendishii, y derivan todos de un mismo fruto que creció en Chatsworth House, en el Reino Unido, en 1830. Por la mencionada reproducción rizomática de esta variedad,  la totalidad  de lo que se consigue en el mercado internacional viene de esos clones, lo que quiere decir que comparten un ADN casi idéntico.

El invento del sistema de refrigeración introducido a partir de 1840 fue esencial para el eventual transporte marítimo de productos sensibles a la temperatura, permitiendo en 1882 el primer traslado de este tipo. Al poco tiempo, un buque cargado con plátanos consiguió cruzar desde Jamaica hasta el Reino Unido. Al año siguiente, la United Fruit Company, hoy conocida como Chiquita, estableció una ruta conectando Centroamérica con Estados Unidos por la que se trasladaban tanto plátanos como pasajeros. La compañía llegó a tener la flota privada más grande del mundo, tanto como para prestarle buques a la CIA en un intento de derrocar al gobierno de Fidel Castro en Cuba. Hoy en día las embarcaciones llevan plátanos en una dirección, y traen otros productos a la vuelta.

Hasta 1950, el comercio internacional del plátano había sido dominado por una variedad llamada gros michael, considerada de mejor sabor y más resistente al transporte que la variedad musa cavendishii, pero es ésta, como hemos dicho, la que actualmente domina el 99% de lo que se exporta y el 47% de los que se siembra en el mundo. La gros michael terminó desapareciendo globalmente debido a que era susceptible al la llamada «enfermedad de Panamá», a los estragos que el hongo fusarium oxysporum es capaz de hacer en sus raíces y el sistema vascular de la planta, imposibilitando el transporte de agua y nutrientes. Su transmisión es increíblemente fácil a través de la tierra residual que se pega a las herramientas agrarias, y es imposible de erradicar con fungicidas. Además, el hongo sobrevive en la tierra durante varias décadas, por lo que el suelo no puede usarse para nuevas plantaciones susceptibles al hongo. Hacia el 1960 la gros michael se había extinguido comercialmente por completo, ya que las variantes de plátano usadas comercialmente son todas clones las unas de las otras, y por tanto sensibles en masa a padecer las mismas enfermedades. En este contexto, el mercado del plátano casi llegó al colapso y sin embargo no parece que la lección sobre los riesgos que conlleva la extrema insostenibilidad de un monocultivo se aprendiera como debía, pues fue sustituida por la resistente musa cavendishii de manera masiva, a pesar de tener un sabor menos apreciado por el público consumidor y de ser más frágil. 

La situación actual promete seguir un destino parecido a la del pasado: la musa cavendishii es sensible a la sigatoka negra, un hongo que ataca sus hojas, empeorando su fotosíntesis y así reduciendo la cantidad y cualidad de su fruta. Y, también, a una nueva variante de la enfermedad de Panamá, la Tropical Race 4. El uso constante de fungicidas, además, promueve el desarrollo del hongo mutado a ser resistente a ellos, mientras que la uniformidad genética del monocultivo del plátano lo hace increíblemente susceptible a su extinción. Retratado queda, pues, el absurdo extremo al que puede llegar el sistema agrario capitalista cuando su desbordada pulsión destructiva acaba suponiendo una amenaza de destrucción para sí mismo.

No aparecen en racimo, como suele ocurrir, sino desperdigados sobre los distintos muebles de aquél espacio. Entre los comentarios del post, alguien se percata de lo mismo que me ha llamado a mi la atención ese día. 

¿Por qué alguien esparciría un manojo de plátano así? ¿Por qué no dejarlo junto a las frutas y vegetales sobre la despensa, como haría cualquiera?

Lo que siguió a la publicación con la que de repente mi topé en mi feed, fue un tutorial sobre cómo manipular la maduración de la fruta y verdura en casa. Por lo visto, hay un momento en la maduración del plátano en la que el fruto emite una hormona que estimula la maduración de algunas frutas y verduras: el etileno. A razón de esto, la autora del vídeo aislaba los plátanos del resto de la fruta para así asegurarse de que duraran más. Investigando un poco más, entendí que este mismo fenómeno puede ser usado a la inversa para acelerar la maduración de ciertas frutas, lo que refiere a una  técnica usada históricamente en Egipto y China. Pongamos como ejemplo ese aguacate o tomate al que le faltan unos días para estar en su punto ideal, pero te gustaría disfrutarlo cuanto antes. Pues, dado que ambos frutos son sensibles al etileno, pudieran  acelerar su maduración si se les deja reposar en una bolsa con un plátano entero, o la piel de uno que ya ha sido comido (plátano maduro, claro, de estar verde no desprendería etileno). Con el tiempo, la gestión artificial de esta hormona ha venido jugando un rol esencial en la manera con la que el plátano ha conseguido convertirse en el vegetal más exportado del mundo.

El etileno es la hormona que, en un momento específico en el desarrollo del plátano, activa genes que inciden en su maduración: aumenta la producción de azúcar y esto desencadena, a su vez, la emisión de compuestos con olor dulce junto con el cambio la pigmentación de la fruta, lo que acaba por atraer a animales que  alcancen a comerla y, con ello, favorecen la distribución de sus semillas. Vista la acción de la hormona, se usa para manipular la maduración de la fruta, en el contexto de su comercio internacional. Dado el largo recorrido que sigue el plátano hasta los consumidores, se recoge muy verde de la plantación, en su momento de mayor firmeza. Además, así se asegura que el plátano llega en  el punto “perfecto” de maduración al consumidor. La maduración, pues, se empezará en el trayecto, o una vez que los plátanos llegan  al puerto de destino.

El etileno se produce artificialmente en plantas petroquímicas, donde se usa un proceso llamado “craqueo térmico” para extraer el etileno del petróleo o gas natural. Estos son calentados con vapor a 750-850°C, lo cual rompe sus enlaces moleculares y emite gas etileno. El problema está en que, para llegar a estas temperaturas, se requiere mucha energía. Por otro lado, vale considerar que, en este proceso, además de generarse etileno, al quemarse parte del petróleo o gas natural, se emite dióxido de carbono, uno de los gases de efecto invernadero, y uno de los causantes del calentamiento global.

Los plátanos se recogen cuando aún están muy verdes, entre los nueve y los doce meses después de ser plantados los bananos. Son sometidos a inspección para ver si se ajustan al estándar de belleza establecido por los compradores internacionales: siguiendo un tamaño, curvatura y coloración determinados, y, sobre todo, sin mancha alguna, que en los mostradores deben lucir inmaculados. Los plátanos que no pasan esta inspección son circulados localmente. De allí los plátanos son llevados rápidamente a buques refrigerados, donde serán transportados a 13.3°C. Para llegar a Europa desde Centro América, los plátanos tardan de seis a doce días en transporte marítimo.

Durante el trayecto marítimo, puede que se decida madurar el plátano parcial o totalmente, y así ahorrar en el coste que supondría almacenar el plátano en el puerto de destino en cámaras de maduración. Para hacer esto, los plátanos se transportan dentro del buque en cajas que se apilan sobre palés y que se colocan con espacio entre ellos para permitir una distribución del etileno y la temperatura uniformes. El etileno se emite en pequeñas cantidades a lo largo de varios días, asegurando así el desarrollo lento y uniforme de la fruta. Hacer este proceso en los buques frigoríficos supone un problema, ya que significa que los plátanos necesitan ser distribuidos a supermercados y consumidos inmediatamente. Por esta razón, es más común detener su maduración durante el transporte. Esto se hace bajando las temperaturas, colocándolos en bolsas de “atmósfera modificada” con cantidades de dióxido de carbono más alto y de oxígeno más bajo de lo normal, y absorbiendo el etileno desprendido por los plátanos con permanganato de potasio. De esta manera se pospone el momento en que deben ser consumidos los plátanos de forma controlada según su demanda en cámaras de maduración en los puertos de destino. En estas cámaras, el desartrollo de la fruta puede ser controlado a través de una pantalla táctil, subiendo su temperatura si suben las ventas, y bajándola si se reduce la demanda. En las cámaras de el plátano sigue el mismo proceso artificial que en el buque frigorífico. Estas, que alargan el tiempo de distribución y, por lo tanto, aumentan su coste, deben ser financiadas por el vendedor o el comprador. Debido a que el etileno es inflamable, estos métodos han llevado a explosiones de almacenes de fruta con consecuencias incluso mortales como ocurrió  en 1999: en Pan American Banana Company, en Los Angeles (EEUU), donde una explosión y un incendio resultaron en la muerte de  un empleado y un herido.

Mientras mastico el último mordisco de un plátano esta mañana, pienso en todos esos que se descartan, por ser demasiado feos o demasiado cortos, demasiado largos, demasiado maduros, demasiado decolorados… Más excusas que plátanos desperdigados. 

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